| Número 109-110 IX-XII 2004 38
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CHINA BOOM |
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Luis Fernández-Galiano
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Luis Fernández-Galiano China boom |
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¿Un siglo ‘Pacífico’, un siglo asiático
o un siglo chino? En la coyuntura entre el siglo xx y el xxi, el tránsito
del Atlántico al Pacífico es pronosticado por todos; el desplazamiento de
América por Asia es advertido por muchos; y el reemplazo de EE UU por China
es temido por algunos: el despertar del dragón suscita tanta fascinación
como recelo. Tras las reformas de Deng Xiaoping en 1978, China lleva 25
años creciendo al 9%; en este período, su PIB se ha triplicado, y el porcentaje
de la población que vive en ciudades se ha doblado, superando el 40%. Alimentado
por las exportaciones, y sostenido por el proteccionismo postotalitario
de un estado de partido único, el espectacular crecimiento chino no ha producido
aún empresas globales —las Sony o Hyundai que cristalizaron el auge japonés
o coreano— pero sus grandes petroleras (PetroChina, Sinopec, CNOOC) buscan
en varios continentes recursos energéticos para el que es ya el segundo
importador del mundo; sus compañías tecnológicas (desde la Lenovo que ha
adquirido una división de IBM hasta la Huawei que ha creado en Shenzhen
un campus estilo Silicon Valley, con arquitecturas de dórico Disney incluidas)
compensan la escasa innovación con los bajos costes laborales; y su nueva
generación de millonarios ostentosos, que construyen chateaux o
compran cadenas francesas de cosmética, constituyen la avanzadilla de una
colosal clase media urbana consumista, suministrando una poderosa demanda
doméstica que complementa el tirón del sector exterior. Las desigualdades del crecimiento chino no semejan ser un riesgo significativo: las diferencias en nivel de ingresos son similares a las de EE UU, y el desequilibrio entre la costa próspera y el interior atrasado —donde han surgido todas las revueltas, desde los Boxers hasta los comunistas— se va enjugando a medida que el desarrollo de Shanghai se extiende aguas arriba por el corredor del Yangtzé, y que el dinamismo de Hong Kong se amplía en ondas concéntricas en la superregión de Guangdong, desde ese delta del Río de las Perlas que se ha descrito como ‘la fábrica del mundo’. Más peligrosas parecen la debilidad del sistema financiero, la persistencia de la corrupción administrativa y la escasez de recursos energéticos, para garantizar la seguridad de suministro de los cuales se está reforzando una maquinaria militar que causa zozobra a sus vecinos —Japón y Taiwán sobre todo, pero también Corea y el otro gigante que despierta, India—, a sus competidores, e incluso a EE UU, que ha exigido a sus aliados europeos el mantenimiento del embargo de armas a China. Gravitando sobre todo ello, en un país que ha alcanzado los 1.300 millones de habitantes en 2005, se halla el panorama demográfico creado por la política del hijo único y el acelerado envejecimiento de la población resultante, con la proliferación de familias 4+2+1, donde hoy cuatro abuelos y dos padres satisfacen los caprichos de un pequeño emperador, pero donde dentro de 30 años será un solo adulto el que deberá atender a seis jubilados. Esta titánica transformación económica y social se ha expresado a través
de una explosión urbana sin precedentes en la historia, articulada por
gigantescas obras públicas —grandes presas y puentes colgantes, autopistas
aéreas y túneles submarinos— y con el devastador impacto que cabe imaginar
sobre el medio ambiente y el patrimonio cultural. El frenesí constructivo
que ha llevado a tantos arquitectos extranjeros hasta China —inicialmente
para las obras de complejidad técnica o importancia simbólica, como algunos
rascacielos de Shanghai o los proyectos olímpicos de Pekín, pero cada
vez más para planes urbanísticos o desarrollos comerciales convencionales—
recibe, según The Economist, el impulso añadido de una burbuja
inmobiliaria que se nutre del dinero caliente que apuesta por la revaluación
del yuan. Este proceso ha situado a distritos de Shanghai como Pudong
y Puxi entre los barrios de oficinas más cotizados del mundo, y al mismo
tiempo ha provocado en ciudades como Pekín un creciente deterioro de su
extraordinario legado monumental y urbano, que apenas respeta los emplazamientos
declarados Patrimonio de la Humanidad (la Gran Muralla, la Ciudad Prohibida,
el Palacio de Verano, las tumbas Ming y el Templo Celestial), sitiados
ya por una marea unánime de edificación trivial. El boom chino es la historia
de un éxito, y la velocidad de su mudanza no puede sino suscitar admiración;
pero la misma radicalidad de la mutación que augura un siglo de oriente
tiene que provocar el vértigo de occidente.
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