Número 139
IX-X 2009
25 €

MUSEOS del MUNDO
Museums of the World

Luis Fernández-Galiano
La diferencia indiferente
The Indifferent Difference

Continentes y contenidos  
Containers and Contents


Luis M. Mansilla, Emilio Tuñón
La construcción, el arte y las personas
Construction, Art and People

Adela García-Herrera
Exponer y exponerse, museografías recientes
Exposed to Show, Recent Museography

David Cohn
Iconos reticentes: los proyectos que vienen
Upcoming Projects: The Reluctant Icon


Un viaje en doce etapas  
A Journey in Twelve Stages


Nuevo Museo de la Acrópolis, Atenas (Grecia) 
New Acropolis Museum, Athens (Greece)
Bernard Tschumi

MAXXI, Roma (Italia)
MAXXI, Rome (Italy)
Hadid & Schumacher

Punta della Dogana, Venecia (Italia) 
Punta della Dogana, Venice (Italy)
Tadao Ando

Museo Brandhorst, Múnich (Alemania) 
Brandhorst Museum, Munich (Germany)
Sauerbruch & Hutton

Museo Suizo del Transporte, Lucerna (Suiza) 
Swiss Museum of Transport, Lucerne (Switzerland)
Gigon & Guyer

Centro Pompidou, Metz (Francia) 
Pompidou Center, Metz (France)
Ban & De Gastines

Museo del Faro, Cascais (Portugal) 
Lighthouse Museum, Cascais (Portugal)
Aires Mateus

Centro Knut Hamsun, Hamarøy (Noruega) 
Knut Hamsun Center, Hamarøy (Norway)
Steven Holl

Ampliación del Art Institute, Chicago (Estados Unidos) 
Art Institute Modern Wing, Chicago (United States)
Renzo Piano

Museo de Anchorage, Alaska (Estados Unidos) 
Anchorage Museum, Alaska (United States)
David Chipperfield

Centro de Arte Towada, Aomori (Japón) 
Towada Art Center, Aomori (Japan)
Ryue Nishizawa

Museo de Historia, Ningbo (China) 
History Museum, Ningbo (China)
Amateur Studio



 
 
 


 
Luis Fernández-Galiano
La diferencia indiferente

En la ciudad genérica, el edificio-emblema suministra diferencia, y no hay ejemplo más elocuente que el museo. Al igual que en la ciudad tradicional los monumentos jalonan y articulan la extensión uniforme del caserío, en la ciudad contemporánea las construcciones icónicas dotan de identidad a sus paisajes unánimes, función ésta que con frecuencia se atribuye a los museos de autor. La actual crisis ha hecho augurar a muchos el ocaso de los iconos arquitectónicos —lo mismo que el 11 de septiembre arrojó sombras sobre el futuro de los rascacielos—, pero la bulimia de imágenes que singularizan entornos crecientemente indistintos sigue alimentando el carrusel heroico y trivial de las sedes expositivas: aun debilitado por la mudanza en las prioridades sociales, el ecosistema del museo sobrevive.

Revestido con las credenciales críticas del archivo o el atlas —apenas un ropaje metafórico que intenta cubrir la desnudez estética y la indigencia intelectual de tantos proyectos—, el museo se presenta alternativamente como el lugar de culto de esa nueva religión del estado en que se ha convertido el arte, o como un parque de atracciones gobernado por la técnica y el mercado. Indeciso entre la liturgia y el entretenimiento, este escenario formal de los nuevos relatos colectivos recaba sin esfuerzo el peaje del talento, y los más notorios autores de nuestro tiempo compiten en otorgar cualidades emblemáticas al que es también un símbolo de estatus ciudadano, eficaz instrumento del branding urbano y motor de un turismo de masas que persigue tanto el consumo de sensaciones como la legitimación cultural.

Paradójicamente, estas obras singulares albergan historias homogéneas, y sus dispositivos de exposición conforman relatos que normalizan la transmisión de valores, convirtiéndose en herramientas privilegiadas de la cohesión ideológica en las actuales sociedades: son iglesias de fieles devotos, clérigos descreídos y herejes infrecuentes. Sean catedrales o parroquias, en estos templos se transmite una misma doctrina, transida de respeto sacrificial por objetos canónicos, sumisión respetuosa a la narración sacerdotal y reconocimiento en el espejo oscuro del dogma cultural: son historias que fingen dar cuenta del mundo, pero que sólo ofrecen ficciones compartidas. Ese contenido genérico se vierte en recipientes de muy distinta forma, y en esa diferencia pintoresca reside quizá su terminal indiferencia.

He visitado alguno de los museos que publicamos aquí, y espero que la vida cruce en mi camino otros de ellos; he conversado con varios de sus directores, admirando siempre su talento o su empuje; y conozco bien a la mayor parte de sus arquitectos, profesionales de extraordinarios logros en el terreno abrupto de hacer realidad los sueños colectivos, consiguiendo que parezca fácil el milagro esforzado de materializar un proyecto. Por otra parte, me gusta pasar tiempo en los viejos y en los nuevos museos, y alguna de mis horas más felices han transcurrido en ellos. Pero no puedo evitar sentir que esta floración de obras icónicas ha llegado a un extremo final de agotamiento, que sus relatos expositivos suscitan una fatiga reiterada, y que hoy la arquitectura necesita atender otras demandas, y contar otras historias.