Número 65 
III-IV 1999 
2.200 Pta 
(13,22 €) 

 







Contenido 

Primeros premios. Creado en 1979 por los Pritzker, una acaudalada familia de Chicago propietaria de la cadena de hoteles Hyatt, el premio del mismo nombre ha llegado a ser el más prestigioso de cuantos se conceden a la trayectoria de un arquitecto. Una exposición organizada por el Art Institute de Chicago para celebrar su vigésimo aniversario es el hilo conductor de un recorrido crítico por episodios y biografías de la arquitectura del siglo, que culmina con los más recientes proyectos del último galardonado, Norman Foster.

Sumario 

Martin Filler
Ojo al premio
Historias de arquitectos:
veinte años de Pritzker
1979-1999
Cuadro de honor
Perfiles galardonados,
entre Johnson y Foster

Edificios: proyectos y realizaciones  

Norman Foster en movimiento. La experiencia de anteriores construcciones del transporte que han devenido ejemplares se vierte en la terminal abovedada de Chek Lap Kok, que es la mayor del mundo; en un intercambiador para el Londres del milenio que orquesta el tráfico bajo un ala delta; y en una estación de metro en la misma ciudad que es maquinal y orgánica a la vez.
Arquitectura 

· Escala colosal
  Aeropuerto de Hong Kong
· Vuelo rasante
  Intercambiador de Greenwich
· Larvas de cristal
  Estación de Canary Wharf
Norman Foster ante lo simbólico. El contenido institucional se vincula al dominio público en la rehabilitación del antiguo parlamento berlinés, con una cúpula-mirador que sitúa al pueblo sobre la cámara; en un centro de investigación para un campus de Londres, concebido a partir de un gran atrio; y en la sede elíptica y vítrea que albergará el gobierno de la capital británica.

· Iluminar la historia
  Remodelación del Reichstag
· Núcleo social
  Edificio en el Imperial College
· Monumento elíptico
  Greater London Authority

Libros, exposiciones, personajes  

Laberintos del arte. En Bilbao, los norteamericanos Richard Serra y Frank Gehry entablan un diálogo musculoso; y en Madrid, el ruso Kabakov despliega su ‘Palacio de los Proyectos’ en el Palacio de Cristal del Retiro.
Arte / Cultura 

Francisco Javier San Martín
Serra en el Guggenheim
Juan Antonio Ramírez
Utopías de Kabakov
Esencias y presencias. El lenguaje lírico de Juan Navarro, una muestra del cual se expone en Valencia, reconcilia clasicismo y modernidad como en su día lo hiciese Dimitris Pikionis, del que se ha publicado la obra completa. Simón Marchán
Navarro Baldeweg en el IVAM
Francesco Dal Co
Pikionis y la memoria
Arqueología moderna. Dos libros buscan en la personalidad del joven Charles-Édouard Jeanneret las raíces del genio de Le Corbusier, cuya presencia nutre también los relatos vitales de Óscar Niemeyer y Charlotte Perriand. Historietas de Focho
Erik Gunnar Asplund
Autores varios
Libros

Interiorismo, diseño, construcción 

Reinventar la casa. El holandés Ben van Berkel se inspira en la cinta de Moebius para sistematizar el diagrama que articula los itinerarios domésticos; los suizos Herzog y De Meuron reinterpretan un arquetipo residencial a partir de la abstracción y la materia; y el portugués Álvaro Siza construye un recinto blanco y fragmentado desde el que habitar un paisaje atlántico.
Técnica / Estilo 

Ben van Berkel
Casa Moebius, Het Gooi
Herzog y De Meuron
Casa Rudin, Leymen
Álvaro Siza
Casa Vieira Castro, Vilanova
Para terminar, prosigue el balance constructivo iniciado en el número anterior por Ignacio Paricio con el análisis de técnicas y elementos tradicionales válidos en el contexto contemporáneo; y Luis Fernández-Galiano dirige su mirada a un contradictorio escenario europeo donde la guerra y la muerte conviven con la celebración de la mejores arquitecturas del continente. Ignacio Paricio
La tradición revisada
Resumen en inglés
Primeros premios
Luis Fernández-Galiano
La muerte y la doncella

 

  
 

 

Luis Fernández-Galiano 
Primeros premios

Todos los premios son cartográficos: distinguen a individuos, pero al tiempo ayudan a representar un territorio. Junto a las publicaciones, exposiciones y concursos, los galardones de arquitectura colocan mojones en el paisaje abigarrado de lo contemporáneo, y esos hitos singulares facilitan el reconocimiento de un panorama plural. Estacas de agrimensor o miras de topógrafo, los premios delimitan la parcela del debate cultural, y, como delgados postes que emergen de la nieve, permiten al cabo del tiempo adivinar el trazado de los caminos por los que ha circulado el pensamiento. La multiplicación de los premios multiplica los mapas y, por más que cada cartografía privilegie un aspecto distintivo, llega un momento en el que la superposición de las cartas antes confunde que orienta al navegante.

En el ámbito de la arquitectura, las dos últimas décadas han visto emerger una pléyade de premios, que se han sumado a distinciones añejas como las medallas concedidas por los arquitectos norteamericanos y británicos, o la medalla Aalto de los finlandeses. Tras la creación del norteamericano Pritzker en 1979, los años ochenta vieron la puesta en marcha del premio Aga Khan para los países musulmanes, la medalla de la UIA, el europeo premio Mies y el japonés Praemium Imperiale, hasta llegar en 1992 al lanzamiento del danés Carlsberg, el más tardío y también el mejor dotado de los grandes premios de la disciplina. Si a todo esto se añade el chisporroteo de las distinciones varias —Wolf, Gish, Brunner, América, Erasmus, Tessenow, Secil, Feltrinelli, Príncipe de Asturias—, amén de los honores académicos, doctorados honoris causa y galardones de las bienales, festivales y ferias, el resultado es una cacofonía de oropeles que desdibuja cualquier esfuerzo cartográfico.

Quizá por ello es útil que alguno de los premios acabe convirtiéndose —como el Nobel en otros campos de la creación y el conocimiento— en el instrumento esencial de referencia crítica: baremo de valor y termómetro del gusto, pero también mapa de carreteras que facilita circular por el territorio de la arquitectura reciente. Por muchos motivos, el premio Pritzker ocupa hoy una posición de privilegio en la parrilla de salida hacia esa consolidación canónica. Los despistes ocasionales de su jurado, así como las ausencias notorias de su palmarés —de Sert a Utzon, y de Candela a Van Eyck, por no hablar de los Nouvel, Eisenman, Koolhaas o Herzog & de Meuron— no alteran el hecho palmario de que su bosquejo del panorama reciente es el más completo y verosímil. Esta condición de referencia obliga a someter sus decisiones a un escrutinio exigente, y eso es lo que Martin Filler ha llevado a cabo con ocasión de su vigésimo aniversario. Es posible que la actual proliferación de distinciones no sea sino una efímera floración de fuegos de artificio que, tras celebrar el esplendor provisional de la arquitectura, acaben desvaneciéndose en la noche; pero mientras tanto debemos procurar que sus luces alumbren el paisaje y señalen el camino.