Número 96 
V-VI 2004 
15 € 

Contenido 

Bélgica en línea clara. Bruselas no es Bélgica. Anónima sede de numerosas instituciones de una Unión Europea que cuenta ya con 25 miembros, la capital necesita recuperar la identidad urbana perdida entre metros cuadrados de oficinas. Frente a ella, los proyectos que proliferas en el resto de este país partido – donde paradójicamente casi se han desdibujado las fronteras entre la ciudad y el campo– cristalizan una imagen muy diferente de la vecina vanguardia holandesa. Con la ‘la línea clara’ de Hergé, cuyo Tintín cumple ahora 75 años, se dibujan muchas de las más recientes arquitecturas belgas.

Sumario 

Dudal, Thiry, Uyttenhove
Europa, capital Bruselas
Entre el activismo y la ausencia
Dominique Pieters
En vecindad distante
Bélgica versus Holanda
Marc Dubois
Algo más que doméstica
La última arquitectura belga

Tema de portada   


Presencia pública. El auditorio de Brujas, el Museo de la Moda de Amberes, el Museo de Historia en Berlare y la Fundación Peire en Knokke muestran el acercamiento entre el cliente institucional y la arquitectura de autor.

Arquitectura  


Robbrecht y Daem
Marie-José Van Hee
Van Sande y Liefooghe
De Bruycker y De Brock

Condición corporativa. Del centro histórico a las afueras, estos edificios de oficinas en Erpe-Mere, Euralille, Nivelles y Rumbeke oscilan entre la voluntad de insertarse en un contexto local y la de cambiar su imagen.
Christian Kieckens
Xaveer de Geyter
Philippe Samyn
Coussée y Goris
Dominio doméstico. Símbolo de la producción nacional tanto como del carácter de sus habitantes, la casa unifamiliar conoce numerosas revisiones y reediciones, como éstas de Kortrijk, Mont-Malmédy, Jehanster y Bruselas.

Stéphane Beel
Artau/Norbert Nelles
Danile Dethier
Pierre Hebbelinck
Argumentos y reseñas  


Carcasas de Koolhaas. Ya sea envolviendo el programa, en el caso de la Biblioteca Central de Seattle, o excavándolo, como en la Casa da Música de Oporto, el holandés levanta volúmenes facetados a ambos lados del Atlántico.

Arte / Cultura 


Herbert Muschamp
Koolhaas en Seattle
Nuno Grande
Koolhaas en Oporto

Compostela y Canarias. Codificadas turísticamente por su acervo cultural y por sus paisajes insólitos, la Ciudad del Apóstol y las Islas Afortunadas se redescubren en la mirada de sendos grupos de artistas contemporáneos. Javier San Martín
Miradas de Compostela
Guillermo Solana
Revisitar Canarias
Modernidad que no cesa. Con la revisión minuciosa de innumerables episodios modernos adquieren perfiles más nítidos personajes antes olvidados o relegados como Charlotte Perriand, Ernö Goldfinger y Paul Rudolph.

Historietas de Focho
Guillermo Vázquez Consuegra
Autores varios
Libros

Últimos proyectos 


Obras de campeonato. El estadio más excepcional de la Eurocopa de Portugal, al borde de una cantera, el recinto de competición de los Juegos Olímpicos de 2004, con la impronta orgánica de su autor, y el escenario inaugural del Mundial de Fútbol 2006, una burbuja neumática y mediática, son comentados aquí por Luis Fernández-Galiano, Richard Ingerstoll y Christiane Gabler.

Técnica / Diseño 


Eduardo Souto de Moura
Estadio Municipal, Braga
Santiago Calatrava
Anillo Olímpico, Atenas
Herzog & de Meuron
Allianz Arena, Múnich

Para terminar,  una constatación de que ‘inventos’ modernos como la telefonía móvil o el GPS pueden sustituir a otros tradicionales como la guía o el plano, y la imposibilidad de establecer un correlato con los programas de diseño por ordenador, cuya principal limitación reside en que abordan la representación de la arquitectura desde un punto de vista eminentemente gráfico. Productos
Mobiliario (Milán), puertas
Resumen en inglés
Bélgica en línea clara
Fernando Valderrama
Ascenso y decadencia del mapa
 

  
 

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Luis Fernández-Galiano 
Bélgica en línea clara

Necesitaríamos a Hergé para perfilar un dibujo inteligible de este país a la vez difuso y dividido, e incluso entonces no sabríamos bien si la línea clara sirve para delimitar el perímetro o para cartografiar la fractura. Trasladando a su paisaje plano perplejidades alpinas, podríamos escribir que la Belgique n’existe pas, y también en este caso nos veríamos obligados a ofrecer una versión bilingüe para dar cuenta de esa grieta interior que hace su pervivencia un azar improbable y renovado. En estos tiempos balcánicos, la biblioteca de la Universidad de Lovaina, partida en dos entre Leuwen y Louvain-la-Neuve, serviría como símbolo en sordina de una escisión abrasiva que, si ha evitado las catástrofes sangrientas de otros escenarios europeos, tampoco puede ser descrita como un divorcio de terciopelo.

Charnela y campo de batalla de Europa, sede de las instituciones comunes y teatro en el que se han dirimido los proyectos de hegemonía del continente, este país de gótico civil y cementerios militares, cerveza parda y eurócratas grises, es también un artificio cultural que se sostiene sobre pintura flamenca y prosa francesa, con el toque surreal que le otorgan Magritte o Delvaux y la dimensión trágica que le añade haber conocido el corazón de las tinieblas en el Congo de Leopoldo. Hoy, aunque Bélgica acuñe monedas para celebrar el 75 aniversario de Tintín, este héroe francófono y ambiguo quizá represente menos el país que una pareja de irónicas géminis tenistas – la valona Justine Henin y la flamenca Kim Clijsters –, cuya jerarquía rival expresa bien el orgullo partido de una nación pequeña.

Enredado con España en un laberinto cortesano de armas y tapices que se extiende de Felipe el Hermoso hasta Fabiola, el país que desde 1831 se llama Bélgica comenzó a conformarse en un crisol de conflictos que tuvieron como protagonistas al Carlos V nacido en Gante, al Duque de Alba de los tercios de Flandes y al Alejandro Farnesio que, en pugna con Guillermo de Orange, cristalizó en 1585 un sujeto político tenazmente persistente. De ese tránsito histórico común provienen las afiladas cubiertas de El Escorial, fruto de la admiración por Brujas de Felipe II y Herrera, y la forma en que el monasterio reconcilia el clasicismo italiano y el gótico flamenco sirve como emblema de otros encuentros entre el Sur mediterráneo y el mar del Norte germinados en la pintura y las artes de la península.

El siglo xx ha sido más avaro en intercambios, y la arquitectura de Horta o Van de Velde llegaría de forma tan superficial como las imágenes filatélicas del Atomium de la Expo’58, la antimodernidad resistente de los AAM o el populismo participativo de Lucien Kroll. Entretanto, una nueva generación de refinado laconismo cosmopolita, forjada en las obras domésticas y en el diálogo inteligente con el arte, llega a la madurez de los encargos públicos. Podríamos fingir que su lenguaje escueto es testimonio del peso creciente de la herencia calvinista y republicana en su pugna con el catolicismo figurativo y monárquico; pero hay más sintonía con la hora unánime del mundo que pasión iconoclasta en estos arquitectos de identidad borrosa y línea clara.