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La arquitectura divina es muy humana. En otro tiempo, la hermenéutica
bíblica y la especulación pitagórica procuraban hallar textos y
cifras que franqueasen el acceso a lo sagrado. Como la frase mágica
ante la gruta o la combinación de guarismos que abre la caja fuerte,
la proporción y el número se emplearon por los arquitectos a modo de
ganzúas del misterio; todavía en nuestra época, algunos constructores
iluminados o arcaicos, de Schwarz a Van der Laan, han explorado esa
senda de perfección en busca de una piedra filosofal y geométrica.
Pero hoy las formas sagradas son profanas: las formas del culto han
dado paso al culto de la forma, y los templos se han desplazado del
dominio de la teología al territorio del arte.
En la mudanza de la liturgia a la plástica, las iglesias han
transitado del tipo al topos. Abandonando la normalización
regimentada de la fe común, los espacios sagrados han conservado
sólo los vínculos con el lugar: si no son típicos, por lo menos
son tópicos. Las paredes encaladas en la parroquia de Marco de
Canavezes, los muros de piedra en la capilla del Monte Tamaro o
los paneles de hormigón en la iglesia de la Universidad de Seattle
pertenecen a la tradición portuguesa, el paisaje alpino o la
construcción norteamericana: son tres templos católicos pero,
paradójicamente, muy poco universales. Bajo el imperio arbitrario
del albedrío artístico, la catolicidad tipológica se sustituye por
la particularidad topográfica.
La fragmentación del culto ha producido también una exacerbación
de la autoría. Disueltas las certidumbres dogmáticas, la
interpretación de lo sagrado se atribuye al proyectista, que ya no
entiende el encargo religioso como un marco pautado para las
convenciones litúrgicas, sino como una oportunidad de libertad
expresiva. Esta autonomía autoriza a la vez el disparate y la
excelencia: la extinción del código facilita el extravío, pero
permite asimismo la exaltación del lenguaje personal. Las cáscaras
puristas de la iglesia jubilar de Roma, los arcos armados de la
gran aula litúrgica del Padre Pío o los planos de alabastro en la
catedral de Los Ángeles remiten a las preocupaciones estéticas de
sus autores.
Por último, la adaptación de la difusión del mensaje religioso a
la sociedad del espectáculo salpica cualquier propuesta contemporánea
con un perfume teatral. Esa cualidad escenográfica fragmenta las
formas y desdibuja los contenidos litúrgicos, expresando la confusión
de la fe de nuestro tiempo y la pluralidad secular de sus lenguajes.
En este paisaje se inscriben momentos de rara emoción: episodios
inesperados como el deambulatorio perimetral de la catedral de Moneo,
que enhebra un rosario de capillas simultáneas como multicines, o la
fachada de acceso a la iglesia de Siza, cuya belleza hermética y
violenta es a la vez vernácula y manierista, son testimonio azaroso
de la pluralidad y la incertidumbre contemporáneas del arte y
lo sagrado.
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