|
En
un cuarto de siglo, Portugal ha transitado
de la penumbra a los focos. La
revolución de los claveles
franqueó el umbral de la libertad; la
revolución del euro y de la Expo ha
cruzado la línea de sombra de la
modernidad. La libertad política y
social fundió las fronteras de
ignorancia que hacían del país
una mancha ciega del mapa europeo, y sus
vecinos descubrimos con asombro un paisaje
emocionante y detenido; por su parte, la
modernidad económica y técnica
ha regenerado la autoestima de un
país melancólico, que ha
trocado la nostalgia por una esperanzada
saudade del futuro. En el terreno de la
arquitectura, la primavera de los claveles
permitió la difusión paulatina
de la escuela de Oporto; y la primavera del
euro y de la Expo ha señalado una
inflexión decisiva en el proceso de
internacionalización de Portugal, con
la construcción en Lisboa de grandes
obras emblemáticas proyectadas por
arquitectos foráneos. Del Duero al
Tajo, este país atlántico ha
viajado de la umbría al fulgor y de
la poesía al espectáculo.
Españoles y portugueses hemos
compartido tantos trechos de la historia que
a ninguno sorprende constatar las
simetrías de este último
tramo: nuestra transición
política fue poco posterior a la
instauración de la democracia en
Portugal; y ahora son las celebraciones
lisboetas las que reproducen el clima de
euforia y confianza en el futuro que en 1992
provocaron la Expo de Sevilla y los Juegos
de Barcelona. Lejanos los tiempos en que el
destino de los países lo
decidían las alianzas matrimoniales
de las dinastías, España y
Portugal viven un momento de fraternidad
espontánea que alimenta el
conocimiento mutuo y los intercambios
culturales: literarios, musicales y, desde
luego, arquitectónicos. A este lado
de la 'raya seca', la admiración por
el renacimiento portugués se
centró primero en el ejemplo
fértil de los arquitectos de Oporto;
hoy se extiende a la energía vigorosa
de Lisboa, que representa y articula el
conjunto del país.
Serán muchos los que levanten
displicentemente las cejas frente a la Expo.
Ante el barullo colorista de los pabellones,
la técnica naïf de las
marquesinas y el colosalismo trivial de los
recintos, recomendarán extraviarse en
el laberinto de la Alfama, pasear sin prisas
por la Baixa o demorarse en los miradores
del Bairro Alto. Pero la belleza teatral y
plácida de la vieja Lisboa no puede
ocultar las insuficiencias de su
infraestructura, que un desafío
colectivo como la Expo ha contribuido a
paliar. Nadie ha entendido tan bien esta
condición escindida de Lisboa como un
maestro de Oporto, el sabio y dulce
Álvaro Siza, que ha sido silencioso
en el Chiado y elocuente en la Expo
azacanada; su toldo sereno de
hormigón y sus pórticos
arrítmicos de piedra combinan el
gesto generoso de acogida y la
monumentalidad en sordina para construir un
dosel grávido, que ofrece al borde
del agua una plaza de sombra luminosa: bajo
ese palio pálido, pétreo y
leve habitará unos meses el
corazón marino de un país
oceánico.
|