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Número 68
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ALEJANDRO DE LA SOTA |
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Trazos biográficos Biographical Strokes Luis Fernández-Galiano Kenneth Frampton Maestro de esencias Master of Essences William Curtis Del monumento a la máquina From Monument to Machine Juan Navarro Baldeweg Construir y habitar Building and Dwelling
Los 40 y los 50
The 40s and 50s El placer de la forma: un populismo orgánico
Los 60
The 60s El poder de la técnica: la razón del ingeniero
Los 70 y los 80 The 70s and 80s El saber de la función: los usos de la caja |
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Los hombres del Renacimiento aspiraban a reconciliar el placer con el poder y la sabiduría. Siguiendo la tradición platónica que tan bien recogió Plutarco, la vida humana debía reunir voluptas, potentia y sapientia, y ése es el origen de tantas disertaciones de los humanistas en las que se preconiza la emulación simultánea de Paris, Hércules y Sócrates, o bien la veneración conjunta de Venus, Juno y Minerva. En la habitual ordenación clásica ternaria, esta insistencia en la variedad multidimensional de la vida se expresa en ocasiones como ánimo de integrar lo deleitante, lo práctico y lo teórico, en continuidad con los poderes de un alma que se juzga dotada de sensibilidad, fuerza e inteligencia. Tales conjunciones, que recordarán a los arquitectos la venustas, firmitas y utilitas de la familiar triada vitruviana, tenían su expresión canónica en la reiterada presentación de las tres vidas: la vita voluptuosa, la vita activa y la vita contemplativa; tres vidas que, según los casos, aparecen como alternativas, y así se le presentan a Poliphilo en la famosa escena en que debe elegir entre tres puertas que conducen al amor, a la gloria del mundo y a la gloria divina; o bien, en ocasiones, como etapas sucesivas, no muy diferentes de las arcaicas tres edades del hombre la juventud fogosa, la madurez activa y la vejez reflexiva que permiten reconciliar lo diverso ordenándolo en el tiempo. Esta última interpretación de las tres vidas es la que aquí se ha elegido como artificio retórico para orquestar narrativamente la biografía profesional de Alejandro de la Sota: una trayectoria testaruda en algunas convicciones esenciales, pero también descoyuntada en etapas por varios quiebros existenciales. Así, esta reconstrucción filológica y mítica de la vida del héroe se inicia con un periodo presidido por la búsqueda del placer que otorga la belleza, en un itinerario que lleva del folklorismo orgánico de los pueblos a la abstracción de los edificios públicos, en la España introvertida de la posguerra; la segunda etapa corresponde a los años del desarrollo económico, y durante ella el arquitecto, fascinado por los ingenieros, se formula desafíos prácticos relacionados con la racionalización de la construcción y el anonimato coral de los mínimos; en el tercer y último periodo, Sota persigue la sabiduría silenciosa de la función en cajas progresivamente inmateriales, en un proceso de despojamiento y desnudez que anticipa su desaparición física. Premoderna, moderna y transmoderna, las tres vidas de Sota componen tres movimientos de una pieza única y obstinada que se desarrolla durante medio siglo.
Hijo de un ingeniero militar y
topógrafo de origen santanderino, Alejandro
de la Sota Martínez nace en Pontevedra el
20 de octubre de 1913 «en una casa de
piedra», y educa sus dotes artísticas
y musicales en el entorno propicio de una familia
acomodada y culta, comenzando entonces el dibujo
de caricaturas a la manera de Castelao y la
práctica del piano que le
acompañará toda la vida.
Después de cursar los dos años
preceptivos de Matemáticas en la
Universidad de Santiago de Compostela, el joven
Sota se traslada al agitado Madrid republicano
para estudiar arquitectura, una dedicación
que interrumpe el estallido de la Guerra Civil en
el verano de 1936. Al término del
conflicto, en el que participa del lado
franquista, reanuda sus estudios en la escuela
madrileña, titulándose en 1941. A
partir de esta fecha y hasta su muerte en 1996
reside en la capital de España, pero esta
circunstancia no debilita sus lazos con Galicia,
donde su padre, presidente de la Diputación
de Pontevedra, posee cierta relevancia, donde sus
contactos familiares y sociales le consiguen
muchos de sus primeros clientes, y de donde
provienen compañeros tan admirados como el
coruñés Ramón Vázquez
Molezún y maestros tan influyentes en el
Madrid de la época como el también
pontevedrés Antonio Palacios.
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Vida voluptuosa
Entre 1941 y 1947 trabaja para el Instituto
Nacional de Colonización, un organismo
creado en la posguerra para planificar los
asentamientos rurales en las zonas de nuevos
regadíos, en un país devastado por
el conflicto civil que forcejea por la
supervivencia; de esta larga relación
laboral provienen también los encargos de
pueblos que realiza en la primera mitad de los
años cincuenta, donde usa el mismo lenguaje
orgánico y amable de las casas particulares
y las reformas de locales para tiendas y oficinas.
En 1952 se casa con Sara Rius, una joven muy
hermosa que le dará siete hijos, y entre
ese año y 1956 interviene en varios
concursos para edificios públicos cuyas
demandas funcionales y simbólicas inclinan
su arquitectura hacia la abstracción. Esta
etapa de preocupaciones plásticas culmina
con el proyecto del Gobierno Civil de Tarragona,
un viaje a Berlín que le pone en contacto
con la última arquitectura europea y su
ingreso en la Escuela de Arquitectura como
profesor, tres acontecimientos de 1956 que, en
resonancia con el fracaso económico en el
país del modelo autárquico, abre un
proceso de reflexión crítica que
aparta a Sota del esteticismo formalista. Al final
de la década, la sequía profesional
le mueve a opositar a la Dirección General
de Correos, donde obtiene plaza de funcionario en
1960.
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Vida activa
El desarrollo económico de los sesenta
impulsa la carrera de Sota: se inician las obras
largamente pospuestas de Tarragona, y en Madrid
comienza la construcción de la central
lechera Clesa y del gimnasio Maravillas, dos
realizaciones de factura fabril que le permiten
extender el diálogo con la
ingeniería que había iniciado pocos
años antes en los talleres
aeronáuticos de Barajas. A la
terminación de las obras siguen nuevos
encargos en Zamora y Salamanca, así como un
conjunto de naves de investigación para el
CENIM madrileño, y Sota pide en 1964 la
excedencia en Correos, dispuesto a dedicarse
plenamente a su propio despacho. En aquel clima de
optimismo social y tecnológico,
además de continuar sus experiencias con
las grandes luces metálicas en proyectos
deportivos, inicia la exploración de la
prefabricación en hormigón, que
ensaya en viviendas unifamiliares e intenta
extender a desarrollos residenciales en tapiz,
como los proyectados en el Mar Menor y en Orense.
Sin embargo, ninguno de ellos se construye, y a
esta decepción se añaden al
término de la década dos fracasos
que dejan gran huella en el arquitecto: el
concurso de Bankunión, un edificio de
oficinas en la Castellana madrileña, donde
no tiene éxito su refinado prisma miesiano
de vidrio; y la oposición a una
cátedra de Proyectos en la Escuela de
Arquitectura, donde sufre un revés que le
aleja de la enseñanza para siempre.
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Vida contemplativa
Su depresión de comienzos de los setenta
le hace regresar a Correos en 1972, y ya no
dejará el trabajo de funcionario hasta su
jubilación. En esta última etapa de
balance y retirada, su obsesión es
«la caja que funciona», un contenedor
progresivamente inmaterial en continuidad con la
propuesta de Bankunión, que tiene su mejor
expresión en dos proyectos no realizados,
la sede de Aviaco y el museo de León, y que
está también en el origen de sus dos
grandes obras para Correos, el Centro de
Cálculo de la Caja Postal en Madrid y el
edificio de Correos en León. La misma
voluntad de levedad funcional se percibe en sus
proyectos residenciales de esta época, la
mayor parte de los cuales no llegará a
existir fuera del papel. En sus años
postreros se superpone el reconocimiento
público, clamoroso ya a finales de los
ochenta, con el deterioro físico y el dolor
producido por la muerte de su hijo arquitecto.
Poco antes de la suya propia, que acaecerá
el 14 de febrero de 1996, Alejandro de la Sota
firma su último proyecto para el colegio
Maravillas, en un bucle de homenaje que cierra su
biografía en el lugar donde había
vivido su momento más feliz.
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